Leyendo: El perfume.


Cada uno de nuestros sentidos está destinado a comunicarnos algo, a proveernos de la información necesaria para descifrar aquello que sentimos, la percepción se nos presenta. Actos en los que nuestro sentidos se hacen participes son actos de disfrute del cuerpo, de goce sensorial, de erotismo, de repulsión. Nos confundimos ante la presencia de algo desconocido, ante el roce de nuestra piel con texturas diversas. Hemos trabajado la vista hasta entender los discursos que captamos con ésta, hemos estudiado todo cuanto nos rodea tratando de darle una explicación a aquello que construimos día con día, nuevas imágenes, nuevos relatos, nuevos sonidos, nuevos textos perdidos en el sentido hasta que no los desentrañemos.

Pero hay un discurso que no ha sido tratado con mucha recurrencia, discurso tan inasible por etéreo quizá, por presentarse ante nosotros como un fantasma, como el alma de las cosas que nos rodean y de lo que se compone. Nos remite a momentos específicos de nuestra vida pues con lo que más trabaja es con la memoria y los recuerdos por ser la única parte de nuestro cuerpo en la que se puede alojar, por no tener un medio mas donde permanecer de forma significativa. En instantes nos puede provocar tanto con solo ser percibido, hambre, deseo, tristeza, añoranza, alegría, repulsión, confusión, embelesamiento… enamoramiento.

Jean-Baptiste Grenuille nació en un espacio donde todo era podredumbre, muerte, descomposición, donde cada superficie desprendía un hedor repulsivo. Estuvo a punto de morir de la misma forma que sus hermanos mayores; debajo del puesto de pescado de su joven y atractiva madre quien dio a luz cómo otras tantas veces. Pero Grenuille, entre la delgada línea que lo dividía de la muerte y de ser como los demás, decidió que no quería morir, que aquello que lo hacía distinto sería su principal arma para poder sobrevivir. Sus fuertes pulmones le ayudaron a gritar y todos notaron que existía, incluso su madre quien tras ser acusada por deshacerse de él fue condenada muerte.

Jean-Baptiste creció distinto a la mayoría de los hombres. Concebía el mundo por su escancia, por su aroma, vivía en el mundo de los olores y era el que conocía yel único que podía nombrar, no entendía bien que era dios y por qué la gente lo adoraba a pesar de que aquello que lo presentaba tenía olores tan insulsos y pobres. Pero sí pudo advertir el tipo de comportamiento que tenían los demás cuando entraban en contacto con algún aroma. Grenuille decidió que quería poseer todos los aromas del mundo, aprender a preservarlos además de crear esencias nuevas y extraordinarias. Alimentado por esta obsesión se encaramó en la misión de conseguir aquellos olores capaces de crear el mejor perfume del mundo, uno ante el cual el mundo entero se arrodillara y se entregara por completo, uno que fuese superior al que anuncia a el Dios de los hombres.

Grenuille fue aquel que consiguió dominar el lenguaje de los aromas, encantando y engañando a las personas con discursos que los idiotizaban, confundían o transformaban. Cada uno de sus experimentos es prueba de ello y nos expone a una fragilidad ficticia pero no por ello distante. El texto propone un personaje que conoce el mundo de los olores y que tras un proceso lento y dedicado consigue dominarlo por completo. Nos muestra un ser ajeno al mundo en el que la mayoría vivimos y que al ser un “artista” de los aromas, sufre el proceso de creación.

El texto se desarrolla bajo la voz de un narrador vivo, con emociones y sentimientos que se desprenden a lo largo del relato soltando oraciones con algunos juicios de valor y siendo como aquellos cuenta cuentos que nos interrogan a la mitad de la historia preguntándonos qué pensamos pueda suceder. El titulo anuncia ser la historia de un acecino, pero anuncia mucho de lo poco que sucede puesto que a lo largo del libro se muestra la vida de Grenuille solo perfilando al artista-acecino que reúne lo necesario para crear su gran obra.

Por mucho que el texto nos evoque aquellos aromas desagradables y agradables que están en el universo del relato, y que son una imitación del nuestro, queda muy marcada la intención de Patrick Süskind de que todo el tiempo captemos (imaginemos) los olores, pero a medida que avanzamos en la historia, este recurso se va dejando de lado y luego vuelve a  ser retomado de manera abrupta y en ocasiones forzada lo cual puede llegar a hacer que nos confundamos puesto que ya habíamos desarrollado fragancias en torno al escenario donde se supone está situada la narración. Me parece que es loable este intento pero no suficiente pero no por culpa del escritor, más bien por la naturaleza de aquello con lo que se está tratando y que es el plano de los aromas, el discurso del olor al que es difícil tener acceso e imposible, diría yo, cuando se trata de ir mas allá de la evocación.

Un texto agradable y entretenido, sin ser complicado y bastante claro en lo que se nos presenta, descripciones exactas y detalladas que nos transportan con facilidad a la Francia del siglo XII. Süskind hace algunas referencias al marco histórico que rodea la novela, pero bien son detalles sin mucha importancia que enriquecen el texto pero que al mismo tiempo reducen su calidad al ser imprecisos y poco claros. Bien se pueden omitir y contar la historia con mayor calidad a incluir estos elementos que solo distraen un poco la mente del lector. Un libro para esas ganas de leer algo sin complicarse la mente.

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